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Reflexiones sobre C.V.S.

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Mons. Luis Novarese

| Su infancia | La primera comunión | La enfermedad | Sanado milagrosamente |
| El sacerdocio | Las iniciativas apostólica | La línea de su espiritualidad |
| Su amor a la cruz | Un cambio en la pastoral del sufrimiento |

El compromiso con la virgen "el sacerdocio"

Regresando a su casa su pensamiento fue, como le había prometido a la Virgen, de dedicar su vida a las personas enfermas. Continuó los estudios para terminar el bachillerato y así poderse inscribir a la facultad de medicina de Turin, pero la muerte de su mamá, en el 1935 lo condujo a una elección definitiva: descubrió en la vocación sacerdotal  la vía  para ofrecer una ayuda mas radical y decisiva  de servirle a las personas  enfermas desde el punto de vista espiritual.

Guiado y sostenido del Padre Ferro, su director espiritual, el joven Luis fue enviado del Obispo de Casale a Roma, en el Almo Colegio Capranica. Viene ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1938 en la Basílica de San Juan de Letrán.  Ejerció su primer ministerio sacerdotal en la parroquia de San Saturnino y de los Santos Patrones de Roma. Consiguió el titulo en sagrada Teología en 1939; en 1942 se graduó en Derecho Canónico en la Universidad Gregoriana. En 1945 consiguió el diplomado de Abogado Rotal del Tribunal de la Rota (Santa Sede).

El Primero de Mayo de 1942 fue llamado de Monseñor Giovanni Batista Montini, para trabajar en la Secretaria de Estado (Vaticano). Como redactor de breves pontificios, allí por veinte años  Monseñor Montini, el  futuro Papa Pablo VI, tendrá ocasión de apreciar sus cualidades de laboriosidad y tenacidad espiritualidad, discreción e inteligencia. Lo nombraron Camarero secreto supernumerario el 12 de marzo de 1952, prelado domestico de su santidad Pío XII el 17 de octubre de 1957.

Desde  1964 a 1977 dirige  la oficina para la  asistecia espiritual hospitalaria C.E.I. (Conferencia Episcopal Italiana) que visitaba sanatorios y centros hospitalarios, escuchaba a los enfermos, Capellanes y Monjas, trataba una red amplia de consultas a todos los niveles, seguía atentamente la evolución de los varios proyectos de ley y consiguió contribuir a la sanción de la nueva legislación sanitaria italiana. Mientras tanto empezó la realización de numerosas actividades de formación y obras benéficas al servicio de la pastoral del sufrimiento.

Mons. Novarese grita a los cuatro vientos, con sus palabras y sus obras, que el enfermo es hijo de Dios, heredero del Cielo, fermento de gracia para el mundo, “potencial atómico” para la causa de la Iglesia. Por su intervención todos los que sufren y son enfermos empiezan a elevarse, a darse cuenta de su nueva misión en la Iglesia: de receptor pasivo, tolerado, se hace sujeto eclesial activo en la Iglesia.

El carisma de Mons. Novarese, por lo tanto, fue la intuición que el enfermo primero se debe curar por dentro; antes que todo es indispensable curar su alma. Si Jesús no esta presente en el Yo profundo, no hay posibilidad de curar el corazón. El don de su gracia es el primer remedio dispensable y eficaz para la persona que sufre. No siempre es posible liberarse de las propias enfermedades físicas pero siempre se puede ofrecerlas para “la redención del mundo”. Parece una paradoja pero una vida puede ser igualmente feliz y realizada también sin la salud del cuerpo. Monseñor Novarese dió la prueba de eso. “Creyó” en la persona enferma y en sus infinitas posibilidades; a la condición de que la persona enferma se entregue totalmente a la acción misteriosa de la gracia, que silenciosamente opera en su corazón por medio de la fe.

Monseñor Novarese tuvo la fuerza y el carisma de luchar contra el abandono que vivían  las personas enfermas y con discapacidad en destino inevitable y contra la pasividad total y a la falta de significado de la persona enferma  y con discapacidad en la sociedad.

Su intuición luminosa fue también que el dolor más penetrante puede ser aceptado, comprendido y soportado, cuando se llega a dar al sufrimiento un rostro, una respuesta, un significado, una razón, un objetivo.

Mons. Novarese hizo referencia a su experiencia de enfermo e indicó dos poderosos motivos sacándolos de la enseñanza de Jesús: sufrir para cooperar en la salvación del mundo; sufrir para ganar un premio y la felicidad eterna en el Reino de los Cielos.

   

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